
Era evidente que no les había cogido de sorpresa ni mi plan, ni la posición que adopté para lograr una salida más rápida. Ya tenían catalogado este tipo de reacción; era una conducta estereotipada, propia de tipos impetuosos como yo y que en sus tablas psicotécnicas tenían su correspondiente número ordinal. Me permitían volar…, ¿por qué? ¿Porque la experiencia les decía que no sería capaz de llevarlo a cabo? Pero ¿por qué no, cuando toda esta escapada «independiente» consistía en volar de una estación a otra, donde alguien del ADAPT terrestre ya estaría esperando, y todo cuanto yo debía hacer se reducía a encontrar a esa persona en el lugar convenido?
Entonces ocurrió algo. Oí levantarse unas voces. Me incorporé en el asiento. Dos hileras delante de mí, una mujer empujó a la azafata, quien a causa de un movimiento defensivo lento y automático, retrocedió entre los asientos. La mujer repitió: «¡No lo permitiré! ¡No me dejaré tocar por ésta! — » No pude ver su rostro. Su vecino la agarró por el hombro y le habló en tono conciliador. ¿Qué significaba esta escena? Los otros pasajeros no le prestaron atención. Me invadió una vez más la sensación de una extrañeza inverosímil. Miré a la azafata, que se había detenido junto a mí y me sonreía como antes. No era la sonrisa superficial de una cortesía obligada, ni pretendía minimizar el incidente. La azafata no fingía serenidad; la sentía realmente.
— ¿Le gustaría beber algo? ¿Prum, extran, morr, sidra?
Una voz melodiosa. Negué con la cabeza. Quería decirle algo amable, pero sólo se me ocurrió la consabida pregunta:
