
— ¿Cuándo aterrizaremos?
— Dentro de seis minutos. ¿Desea comer algo? No tiene por qué apresurarse; se puede quedar aquí después del aterrizaje.
— No, gracias.
Se alejó. En el aire, justo delante de mi rostro y contra el fondo del respaldo delantero, centelleó, como escrita con el extremo encendido de un cigarrillo, la palabra STRATO. Me incliné hacia delante para ver cómo había surgido este letrero, y me estremecí. Mi respaldo se curvó y me rodeó elásticamente. Yo ya sabía que los muebles se adaptan a cualquier cambio de posición, pero no dejaba de olvidarlo. No era agradable; más o menos, como si alguien siguiera a cada uno de mis movimientos. Quise volver a mi posición anterior, pero lo hice con demasiada energía. El asiento me interpretó mal y se abrió como una cama. Me caí de espaldas. ¡Qué idiota! ¡Más control! La palabra STRATO osciló y se fundió en otra:
TERMINAL. Ninguna sacudida, ningún aviso ni pitido. Nada. Se oyó un sonido lejano como el de una corneta de postillón, se abrieron cuatro puertas ovaladas al extremo de los pasillos entre los asientos, y en el interior sonó un bramido sordo e inmenso: el bramido del mar. Las voces de los pasajeros que se levantaban de sus asientos se hundieron sin dejar rastro en ese bramido. Yo permanecí sentado, pero ellos salieron, y las hileras de sus siluetas, contra el telón de fondo de las luces exteriores, se iluminaron de color verde, lila, púrpura — un baile de máscaras —. Ya habían salido todos. Mecánicamente, me estiré el pullover. Era una sensación tonta estar así, con las manos vacías. Por la puerta abierta entraba un aire fresco. Me volví. La azafata se encontraba ante el tabique, sin tocarlo con la espalda. En su rostro había la misma sonrisa alegre, ahora dirigida hacia las hileras de asientos vacíos, que ya empezaban a plegarse lentamente, como flores carnosas, unos más de prisa y otros más despacio; era el único movimiento en medio del bramido retardado y penetrante, parecido al del mar, que entraba por las aberturas ovaladas. «¡No me dejaré tocar por ésta!» De repente noté algo maligno en su sonrisa. En la salida dije:
