
— Hasta la vista.
— Siempre a su servicio.
El significado de estas palabras, que sonaban de modo muy peculiar en boca de una mujer joven y bonita, me pasó desapercibido mientras le daba la espalda y me asomaba a la puerta.
Quería poner el pie en los peldaños de la escalerilla, pero no había peldaños. Entre el cuerpo de metal y el borde del andén se abría un vacío de un metro. Como no estaba preparado para semejante trampa, perdí el equilibrio, salté torpemente y, ya en el aire, sentí que una fuerza invisible me sostenía desde abajo, por lo que floté sobre el vacío hasta que fui depositado con toda suavidad sobre una superficie blanca que cedió elásticamente bajo mis pies. En este vuelo mi expresión no debió de ser muy inteligente y sentí miradas divertidas, o al menos así me lo pareció; entonces me volví con rapidez y eché a andar por el andén. El vehículo con el que había venido descansaba en un lecho profundo, separado del borde del andén por un vacío completamente descubierto. Como por casualidad me acerqué a este vacío y sentí por segunda vez la presión invisible, que no me dejaba abandonar la superficie blanca. Deseé buscar el origen de aquella fuerza extraña, pero de improviso tuve la sensación de despertarme: me encontraba en la Tierra.
La oleada de transeúntes me absorbió: seguí avanzando a empellones entre el gentío. Pasó un buen rato antes de que me apercibiera de las gigantescas proporciones de aquel vestíbulo.
Pero ¿era acaso un vestíbulo? No había paredes; una explosión blanca y brillante de alas inverosímiles, mantenidas en el aire, y, entre ellas, columnas que no eran de ningún material sino que surgían de una vorágine.
¿Altas y enormes cascadas de un líquido más denso que el agua, iluminadas desde dentro por focos de colores? No.
