
¿Verticales túneles de cristal por los que volaban hacia arriba enormes cantidades de vehículos engullidos? No lo sabía. Empujado por la apresurada multitud, intenté llegar a un espacio vacío, pero allí no había espacios vacíos. Como pasaba por una cabeza a la gente que me rodeaba, vi alejarse ahora al vehículo vacío — no, éramos nosotros los que avanzábamos junto con todo el andén —. Desde arriba caían haces de luz y la multitud refulgía y se irisaba. Una superficie en la que todos nos agolpamos empezó a elevarse. Abajo, lejos ya, vi franjas blancas dobles, llenas de gente, con negros espacios huecos a lo largo de las naves inmóviles — había docenas de naves como la nuestra-; el andén movible describió una curva, aceleró el ritmo y ascendió a superficies más altas. Por encima revoloteaban alargadas y veloces sombras — su corriente de aire despeinaba a los ocupantes de la superficie —, que temblaban sobre viaductos increíbles, desprovistos de todo apoyo, con largas hileras de señales luminosas; entonces la plataforma que nos sostenía se dividió en tramos invisibles y mi parte se deslizó a través de espacios interiores llenos de gente sentada y de pie, rodeada de pequeñas luces intermitentes, como si fuera un policromo fuego de artificio.
Yo no sabía adonde mirar. Delante de mí había un hombre vestido con algo aterciopelado que centelleaba como el metal bajo el reflejo de la luz. Daba el brazo a una mujer ataviada de color escarlata; su vestido tenía un estampado de grandes ojos, casi como de pavo real, y estos ojos pestañeaban. No, no era una ilusión: los ojos de su vestido se abrían y cerraban de verdad. La plataforma sobre la que me hallaba detrás de esta pareja, entre docenas de otras personas, aceleró la marcha todavía más. Entre superficies de cristal empañado se abrían pasajes iluminados por luces de colores, de techos transparentes, sobre los que caminaban sin interrupción centenares de pies por el piso inmediato superior; el bramido incesante se extinguía o retumbaba de nuevo cuando miles de voces y sonidos humanos, incomprensibles para mí, pero importantes para los otros, volvían a ser engullidos por un túnel en este viaje de destino desconocido.