
Y cuando se puso el arnés con el arma, hubo un gesto en su boca, amplia y generosa, que le dijo a él que la teniente Eve Dallas estaba de regreso. Y lista para patear algunos culos.
– Porque será que una mujer armada me excita?
Ella le disparó una mirada, buscando en el armario una chaqueta liviana. -Córtala. No voy a llegar tarde a mi primer día de regreso porque tienes alguna calentura residual.
Oh, sí, pensó él levantándose. Ella estaba de regreso. -Querida Eve. -El contuvo, apenas, una mueca de dolor. -Esa chaqueta no.
– Que? -Ella se detuvo en el acto de meter su brazo en una manga. -Es un verano pesado, esto cubre mi arma.
– Eso no va con esos pantalones. -Se detuvo en el guardarropas, buscó y extrajo otra chaqueta del mismo material que los pantalones caqui. -Esta es la correcta.
– No estoy planeando hacer un video de tiros. -Pero se la cambió porque era más fácil que discutir.
– Aquí. -Después de otra incursión en el guardarropa, él salió con un par de botas cortas de rico cuero marrón claro.
– De donde vinieron esas?
– Las hadas del guardarropa.
Ella frunció el ceño a las botas, con sospecha, señalando los dedos de los pies. -No necesito botas nuevas. Las viejas no están rotas del todo.
– Es un término educado para lo que eran. Trata con éstas.
– Sólo voy a arruinarlas. -murmuró, pero se sentó en el brazo del sofá para ponérselas. Se deslizaron en sus pies como manteca. Eso hizo que lo mirara estrechamente. Probablemente las había mandado a hacer a mano para ella en una de sus innumerables fábricas y seguramente costaban más de lo que un policía de homicidios de New York ganaba en dos meses. -Mira esto. Las hadas del guardarropa parecen conocer mi número de zapato.
