Luego lo empujó hacia atrás, poniéndose ágilmente fuera de su alcance. -Nos vemos, as. -le gritó mientras atravesaba la habitación.

– Que tengas un buen día, teniente. -El lanzó un largo suspiro, y luego se sentó en el sofá. -Ahora, -le dijo al gato- cuanto me va a costar para que volvamos a ser amigos?


En la Comisaría Central, Eve trepó a un deslizador hacia Homicidios. E inspiró hondo. No tenía nada contra los dramáticos precipicios del oeste de México o las calmadas brisas de las islas tropicales, pero había extrañado el aire de ahí: el olor a sudor, café malo, recios desinfectantes y por encima de todo, las poderosas energías que se formaban del enfrentamiento entre policías y criminales.

El tiempo fuera sólo le había afilado los sentidos ante el estruendo sordo de demasiadas voces hablando a la vez, el todavía tranquilo y discordante pitido y zumbido de los enlaces y comunicadores, el apuro de la gente haciendo algo importante para quien fuera.

Escuchó a alguien gritando obscenidades tan rápido que cayeron juntas en un vicioso guiso de palabras que era música para sus oídos.

Bienvenida a casa, pensó alegremente.

El trabajo había sido su hogar, su vida, su simple definición de propósitos antes de Roarke. Ahora que estaba con él, o tal vez porque lo tenía a él, permanecía siendo una parte esencial de lo que ella era.

Una vez ella había sido una víctima indefensa, usada y quebrada. Ahora, era una guerrera.

Entró en la sala de detectives, lista para pelear cualquier batalla que le pusieran delante.

El detective Baxter levantó la vista de su trabajo, y lanzó un silbido bajo. -Guau, Dallas. Hubba-hubba.



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