
– Paige me ha recomendado -dijo por fin, entre la espada y la pared.
Incluso a sus oídos, sonó bastante pobre como argumento, pero por primera vez, el señor Davenport pareció reflexionar. Paige había sido su secretaria personal durante cuatro años y tenía en gran consideración su juicio. No era propio de ella recomendar a una persona tan absurda como parecía Flora. Tenía que haber algo más en ella, y además nadie podía ser tan frívolo.
Miró por la ventana.
– Ojalá tuviera a Paige ahora -murmuró.
– Pero es que su madre está enferma -señaló Flora-. Así que puede tenerme a mí en su lugar.
Matt la miró y entrecerró los ojos:
– ¿Por qué tienes tanto interés en trabajar para mí?
Los ojos azules lo miraron sin vergüenza.
– Necesito un trabajo temporal que me proporcione mucho dinero -dijo de un tirón-. Paige me dijo que el salario es generoso.
– Es pronto para hablar de salarios -la cortó Matt-. Lo primero es probar tu capacidad. En el día de hoy.
– No le defraudaré -dijo Flora, pero Matt Davenport se limitó a gruñir algo y volver a sus papeles.
Flora guardó silencio, pensando que era mejor no presionarlo. Tendría que demostrar lo buena que era. No tanto como Paige, pero lo suficiente para reemplazarla unos meses.
– ¿Desea café, señor Davenport? -la azafata se inclinaba obsequiosamente junto a él.
– Negro -fue la tajante respuesta.
– ¿Y usted, señora…?
– Flora -replicó Flora con firmeza-. Y sí, por favor, me gustaría tomar un café -exageró la educación para poner de manifiesto la grosería de Davenport-. Con leche, muchas gracias.
Él no ignoró la elaborada réplica y le lanzó una aguda mirada de soslayo a la que Flora respondió con inocencia.
– Genial avión -dijo mientras inclinaba su asiento-. Puede uno dormirse en un sillón tan cómodo.
Matt Davenport la miró con desdén.
