
– Claro que sí -dijo Flora que no creía poder hablar de electrónica en su idioma, y mucho menos en francés. Pero mejor no explicárselo a Matt.
Al final, no fue tan terrible como había supuesto, pues las negociaciones se referían sobre todo a aspectos financieros y su francés era suficiente para eso. Incluso llegó a disfrutar, salvo por el hecho de que para lo que vio de París, podía haberse quedado en Londres. Matt le estuvo dictando durante todo el viaje y siguió mientras corrían hacia otro coche. Flora iba sin aliento detrás del hombre de negocios.
Le hubiera gustado sentarse tranquila y mirar el paisaje parisino, pero Matt no era hombre de tiempos muertos. Como mero desafío, Flora logró captar varias vistas de los edificios gris azulados de la ciudad, pero a costa de obligar a su jefe a repetir la frase.
Cuando llegaron a la primera reunión, Flora estaba roja por el esfuerzo de perseguir a Matt y tomó asiento con alivio. Mientras el señor Davenport saludaba a sus asociados futuros, se le ocurrió quitarse la chaqueta, aunque deseó no haberlo hecho. Percibió físicamente la mirada de desprecio de las otras dos secretarias, ferozmente elegantes y sobrias, y tuvo una intensa conciencia de su desnudez.
Matt le dedicó una mirada igualmente despectiva, pues le irritaba que aquellos brazos desnudos le hicieran perder concentración. La piel era cálida y dorada, y se preguntó qué pensarían sus socios de una secretaria que parecía de camino hacia la playa.
Pero el director financiero francés miraba a Flora con placer y aprobación, y le sonrió, a lo que ella contestó con una sonrisa radiante.
– Estaría bien si dejaras de coquetear y te concentraras -tuvo que intervenir Matt con irritación y añadió-. Y por Dios, cúbrete un poco.
Así que Flora se puso la chaqueta y se fue asando poco a poco. Estuvieron horas reunidos, sin ni siquiera parar para comer decentemente. Era típico de su suerte que, para una vez que visitaba París con un millonario, tuvieran que conformarse con café y bocadillos.
