Cuando volvieron por la tarde al avión, Flora estaba exhausta. Se dejó caer en el cómodo asiento y se quitó los zapatos con un suspiro de alivio.

– ¡Por fin! -exclamó y cerró los ojos.

Matt que estaba a punto de empezar a dictar sus impresiones de la última reunión, la miró con una mezcla de impaciencia y cierta piedad desacostumbrada en él. Sí que parecía cansada, se dijo, mirando su rostro. Era más fácil mirarla con detenimiento cuando sus ojos curiosos estaban cerrados, más fácil descansar la vista en la curva de su garganta o la sombra de sus pestañas.

Tuvo que admitir que había sido mucho más eficaz de lo que nunca hubiera supuesto. A pesar de su aspecto, parecía tener inteligencia y había sabido enfrentarse a cada novedad del día. Su francés era excelente, sin duda, y se había dado cuenta de que los negociadores franceses respondían a su habilidad para descargar el ambiente y limar tensiones cuando traducía.

Era una pena que fuera tan… buscó la palabra… Que le distrajera tanto. Necesitaba una secretaria que estuviera siempre lista, con la información necesaria, y que el resto del tiempo desapareciera en un segundo plano. Pero no parecía que Flora fuera capaz de desaparecer. Le hacía pensar en el mar, el sol y el calor cuando sólo debía pensar en márgenes comerciales.

Matt siempre había celebrado su capacidad de concentrarse en un tema y le molestaba verse perturbado por una chica como Flora. No es que fuera hermosa.

Tenía una nariz grande y una mandíbula demasiado voluminosa. Con los ojos cerrados, podía definirla sin engañarse como del montón.

El problema era que no podía explicar la urgencia con la que deseaba inclinarse sobre ella y apartarle los rizos de la cara y acariciar la piel cálida de sus pómulos.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Flora abrió los ojos, y se encontró sumido en aquella mirada intensa y azul. Un sentimiento inesperado, como un puño apretándole el corazón, le dejó inmóvil y mudo hasta que fue capaz de apartar la vista.



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