– ¿Todas?

– Éramos una pandilla en la universidad. Paige estuvo un año, estudiando francés, como yo. Compartíamos la misma residencia y nunca perdimos el contacto.

Matt la miró con seriedad. Su historia era razonable, pero costaba imaginar a la elegante Paige conviviendo con Flora. Sin embargo, la había recomendado con insistencia.

– Paige estaba empeñada en que probara contigo, ¿por qué?

– Sabe que no me interesa un trabajo fijo -dijo Flora con cautela, pues no quería revelar las preocupaciones de su amiga-. Pero me había oído decir que necesitaba dinero, y pensó que yo sería la persona ideal para este puesto.

– Ideal no es la palabra que yo hubiera usado -dijo Matt con una mirada humorística.

– Ya sabes -Flora movió las manos en el aire-. Tú dispones de un puesto bien pagado de tres meses y yo necesito un puesto bien pagado por tres meses; necesitas a alguien que hable francés y yo hablo francés -extendió las manos, riendo-. Estamos hechos el uno para el otro, querido.

Hubo un silencio incómodo y Flora se mordió el labio, pensando que había vuelto a meter la pata. Con temor, sus ojos se encontraron con los de Matt y, aunque la mirada gris era inescrutable, sintió que le subía el color a las mejillas.

– Es una forma de hablar -añadió a su pesar.

– Lo he entendido -dijo Matt con una frialdad que aumentó su vergüenza-. ¿Por qué no buscas un trabajo permanente si tienes tantas habilidades?

– No he encontrado todavía un trabajo con el que quiera comprometerme más de unos meses -dijo Flora-. La incertidumbre es molesta a veces, pero me gusta no saber a dónde voy, incluso cuando termino en un puesto horrible. Siempre puedo dejarlo al final del mes. Además -añadió con animación-, lo que quiero es viajar. Me gusta Londres, pero quiero conocer el resto del mundo. Por desgracia, mi banco no está de acuerdo. Dice que no puedo moverme hasta que pague mi préstamo y la deuda de mi tarjeta de crédito.



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