– ¡Debían estar desesperados! ¿Sabe taquigrafía?

– Sí, pero…

– ¿Habla francés?

– Sí.

– Está bien -dijo de golpe-. Veremos cómo se las arregla hoy. Es demasiado tarde para buscar otra persona.

Con esto, se giró y entró en el avión, siempre hablando por el teléfono e ignorando por completo la sonrisa de bienvenida de la azafata.

¡Simpático tipo! Flora empezaba a comprender por qué todos hacían una mueca al oír el nombre de Davenport. A pesar de todo, había pasado la primera prueba. Se detuvo en la cabina del avión donde se encontró con la mirada comprensiva de la azafata que le dijo con una sonrisa:

– ¡Buena suerte!

Y cerró la puerta a sus espaldas.

Flora nunca había estado en un jet privado y contempló el interior con curiosidad. No se parecía a los aviones normales. Todo era color crema y estaba muy limpio, los asientos eran enormes y mullidos, invitando al descanso. Lo único que estropeaba el ambiente de lujo y riqueza era el dueño.

Matt Davenport había elegido un asiento frente a ella. Puesto que ya no tenía el pelo en los ojos, pudo mirarlo con calma. Había algo amenazante y oscuro en su aspecto, e incluso en el interior de un traje gris inmaculado resultaba demasiado fuerte y agresivo para el entorno del avión. Tenía un rostro duro, con rasgos fuertes y oscuros, y un gesto de voluntad incansable que era lo opuesto al humor vago y más bien frívolo de Flora. Era una pena, se dijo ésta, admirando su boca y se preguntó cómo sería al sonreír. Si es que alguna vez sonreía.

– Dile que ocho millones es la última oferta -decía al teléfono. Escuchó un instante con expresión de impaciencia-. ¡Hazlo! -gritó y colgó el teléfono sin una palabra de despedida.

Alzó la vista y se encontró con Flora mirándolo desde el otro extremo de la cabina.

– ¡Usted! ¿Cómo ha dicho que se llama?

– Flora Mason.

– ¿Y qué hace ahí parada? -señaló con el móvil el asiento frente al suyo-. Vamos, siéntese.



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