
– ¡Sí, señor! -dijo Flora en voz tan baja que no lo oyó.
Matt la contempló con ecuanimidad mientras se acercaba por el pasillo. No era una belleza, pero no estaría mal si se hubiera arreglado un poco. En aquel momento, estaba desastrosa, con el cabello revuelto y la ridiculamente inapropiada indumentaria que se había puesto. Una camiseta sin mangas, una chaqueta arrugada encima y una falda rosa, nada menos, que le llegaba unos centímetros más arriba de lo que hubiera sido discreto. Sin duda tenía bonitas piernas, pero hubiera preferido que llevara uno de los trajes de chaqueta clásicos que se ponía Paige.
Le molestó igualmente la forma desenvuelta con la que tomó asiento frente él. En lugar de materializar un bloc de notas y esperar quietecita y calladita a que él hablara, se puso a revolver su enorme bolso hasta sacar un cepillo. Bajo los ojos asombrados de Matt, echó la cabeza hacia abajo y comenzó a cepillarse el pelo con vigor.
– Ya está mejor -dijo cuando echó la cabeza hacia atrás, sonriendo con frescura.
Matt se encontró mirando unos ojos azules y directos y tuvo que contener una exclamación de sorpresa. De pronto ya no le parecía una joven tan ordinaria.
Pero no le devolvió la sonrisa. Le había desconcertado y a Matt no le gustaba esa sensación.
– Paige me dijo que tenías mucha experiencia -afirmó con el ceño fruncido.
Curioso. Flora siempre había pensado que los americanos tenían voces cálidas y hermosas. La de Matt era fría y tan dura como sus ojos verde grisáceos. Era una pena, porque con una boca como la suya, le correspondía tener una voz llena de calor. Pero tampoco se iba a casar con él, sólo tenía que aguantarlo un par de meses.
– Y así es -dijo Flora y se puso recta, intentando parecer una secretaria experimentada, aunque no tenía la menor idea de cuál era el modelo. En realidad tenía experiencia, sólo que más amplia que profunda, por así decirlo.
