– Pero, Paige -había protestado Flora-. Elexx es una organización muy importante. Incluso yo he oído hablar de ella. No me puedo creer que su presidente tenga dificultades para encontrar secretaria. ¿Por qué no utiliza otra persona de su personal de Nueva York?

– Podría hacerlo -suspiró Paige-. El caso es que Matt Davenport no es el hombre más fácil del mundo. ¡No me malinterpretes! -prosiguió antes de que Flora hablara-. Es encantador, pero puede ser muy… exigente, supongo. Desde que está en Londres ha probado con cinco secretarias y ha sido un desastre. Al final me pidió mi opinión y le hablé de ti.

– Paige, sabes que no tengo ni idea de todo ese rollo de alto nivel que haces tú -insistió Flora.

– Tienes talento de sobra -señaló Paige-. Y eres muy lista cuando te da la gana. Entiendes las cosas a la primera y hablas francés perfectamente, lo que es fundamental. Y algo más: no te asustará el señor Davenport. En realidad, creo que os gustaréis bastante.

Flora lo creía improbable. No podía imaginar qué podía tener ella en común con un hombre como el empresario duro y ambicioso que tenía en frente.

– Tiene que haber unas cuantas secretarias de dirección muy cualificadas en Londres -dijo-. ¿Por qué no las han buscado?

– Lo harán si no encuentro a nadie que me reemplace. El problema es que una de esas geniales secretarias podría ser demasiado buena y dejarme sin trabajo. ¿Comprendes?

Flora sonrió al auricular.

– ¿Así que me quieres porque sabes que lo haré mal? -bromeó.

– ¡Claro que no! -se indignó Paige-. Es que… me encanta mi trabajo, Flora, y no quiero perderlo. Sé que puedo fiarme de ti y que además no es tu destino ser secretaria. Tienes demasiadas cosas que hacer. Pensé en ti sobre todo cuando supe que tenías unas cuantas deudas. Paga muy bien, Flora -la tentó con voz melosa-. En tres meses ganarás lo suficiente para recorrer el mundo y me guardarás mi puesto calentito. ¿Qué me dices?



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