
Flora no hubiera necesitado tanta seducción. Su trabajo de secretaria por horas apenas le daba para vivir, mucho menos para pagar su deuda con el banco. La idea de librarse de su crédito y ser libre de nuevo la había atraído como un imán.
Sólo al conocer a Matt Davenport en persona había empezado a pensar que el sueldo era ajustado. La estaba mirando con sus ojos implacables mientras ella reflexionaba.
¿Quería el trabajo? Flora pensó en Paige y en su gratitud y luego pensó en lo agradable que sería tenderle un cheque al cretino de su banco y saltar en el siguiente avión para buscar una playa. No había tiempo para gestos orgullosos y además el avión estaba despegando.
– Sí -dijo con firmeza.
– Entonces, sugiero que te guardes esa clase de comentarios ingeniosos para ti.
– Lo siento -dijo Flora, esperando haber parecido sincera-. Es que me pasé horas con mis compañeras de piso intentando decidir qué ponerme hoy. Quería resultar parisina y ha sido un poco duro que me llamaran desastre sólo porque hay un poco de viento.
Matt la miró con incredulidad:
– ¿Esta es tu idea de la elegancia?
Flora se miró defensivamente la ropa arrugada, chaqueta y falda, ambas prestadas. Jo adoraba su falda rosa y se la había prestado porque era sólo por un día y porque le encantaba la idea de que viajara en un jet privado.
– No pudimos hacer más -replicó Flora, retirándose el pelo del rostro-. No todos tenemos dinero para ropa de moda, ¿sabe?
– Eso es evidente -a pesar suyo, se sentía interesado en la conversación y miró a Flora con mayor detenimiento. Estaba mejor desde que se había cepillado, desde luego, y el color del cabello era hermoso, un rubio oscuro tirando a oro viejo, veteado y suave a la vista, pero demasiado despeinado y suelto para una secretaria. Las piernas largas desnudas, la falta de maquillaje… ¿No se suponía que los ingleses eran estirados y formales?
