
Por fin admitió que era atractiva, con unos ojos extraordinarios aunque demasiado chispeantes y retadores para su gusto. No valía para el trabajo. Quería alguien en quien confiar, tranquila y discreta, como Paige. Esta Flora no era nada tranquila, en realidad no paraba un instante, y había algo alerta en ella que le atraía y le ponía muy nervioso.
Por otra parte, no parecía la clase de mujer que se pondría a llorar a la primera de cambio y tampoco estaba asustada. La última chica tenía tanto miedo que le había sentado mal la comida. Puesto que Flora ya estaba allí, más valía aprovechar el tiempo para juzgarla.
– No tienes ninguna experiencia como secretaria de dirección, ¿verdad? -preguntó a quemarropa.
Flora vaciló.
– No -admitió al fin, pensando que puesto que no le gustaba, no perdía nada siendo sincera-. Pero eso puede ser una ventaja -añadió en una inspiración.
– ¿Cómo es eso posible? -Matt tenía una mirada sarcástica.
– Bueno, si hubiera trabajado antes para un millonario, podría compararlo con usted.
Las cejas formidables se alzaron con altivez.
– ¿Compararme?
– Sí, ya sabe… -Flora se echó hacia adelante-. Me pasaría el tiempo diciendo: Oh, pero el señor X sólo compra islas privadas en el Caribe -habló con un aire afectado que desmentía el brillo irónico de su mirada-. O bien, el señor Y siempre lleva una botella de champán helado en la limusina… Eso le irritaría, ¿verdad? -terminó, volviendo a su voz normal.
– Desde luego -confirmó Matt, divertido a su pesar. No llegó a sonreír, pero Flora hubiera jurado que la comisura izquierda de su hermosa boca ascendía levemente-. Creo que tienes una idea muy rara de cómo trabajamos los millonarios, como dices. No duraríamos ni dos días en el negocio si nos dedicáramos a beber champán y comprar islas. Paige podría decirte que me paso el tiempo en la oficina, y que nuestra labor es más bien rutinaria.
