
El segundo verano, papá construyó el invernadero al sur de la casa. Poníamos las plantas primero en el invernadero y crecían allí hasta que las trasplantábamos al jardín durante la primera o las dos primeras semanas de junio, cuando había dejado de helar por las noches. Al principio nuestra idea era dejarlas fuera sólo en pleno verano y después volverlas a meter en el invernadero, pero aquel otoño fue templado y las dejamos al aire libre un mes más. Luego, un invierno dejamos nuestras plantas dormitar bajo una capa de dos metros de nieve. Al final, todo crecía en el jardín de mamá, en sus manos todo echaba firmes raíces. Poco a poco, la parcela se convirtió en un jardín de cuento que despertaba asombro y llamaba la atención. Después de la muerte de mamá, las vecinas han venido algunas veces a pedirme consejo.
«Es necesario ser un poco meticulosos, pero sobre todo hace falta tiempo», ésa era la filosofía del jardín que tenía mamá, resumida en una sola frase.
– No niego que tu madre y tú teníais vuestro mundo, del que no formábamos parte ni Jósef ni yo, tal vez no lo comprendamos.
