En todas partes había edificios nuevos o cimientos de casas, medio llenos de agua pardusca. Los ralos arbustos bajos llegaron mucho más tarde. El barrio estaba abierto al mar, habitualmente soplaba un viento fuerte y no había sitio donde construir un lugar protegido en los jardines, la gente renunció a plantar macizos de pensamientos. Mamá fue la primera del barrio que se atrevió a plantar árboles, y los primeros años pareció que era un capricho imposible. Mientras otros se contentaban con plantar algo de césped y, si acaso, setos bajos entre los jardines, para poder tumbarse al sol con la brisa los tres días de buen tiempo del verano, ella plantó un laburno, un arce, un fresno y arbustos de flor al abrigo de la casa. No se rindió aunque tenía que plantar los cepellones, por así decir, directamente sobre la roca.

El segundo verano, papá construyó el invernadero al sur de la casa. Poníamos las plantas primero en el invernadero y crecían allí hasta que las trasplantábamos al jardín durante la primera o las dos primeras semanas de junio, cuando había dejado de helar por las noches. Al principio nuestra idea era dejarlas fuera sólo en pleno verano y después volverlas a meter en el invernadero, pero aquel otoño fue templado y las dejamos al aire libre un mes más. Luego, un invierno dejamos nuestras plantas dormitar bajo una capa de dos metros de nieve. Al final, todo crecía en el jardín de mamá, en sus manos todo echaba firmes raíces. Poco a poco, la parcela se convirtió en un jardín de cuento que despertaba asombro y llamaba la atención. Después de la muerte de mamá, las vecinas han venido algunas veces a pedirme consejo.

«Es necesario ser un poco meticulosos, pero sobre todo hace falta tiempo», ésa era la filosofía del jardín que tenía mamá, resumida en una sola frase.

– No niego que tu madre y tú teníais vuestro mundo, del que no formábamos parte ni Jósef ni yo, tal vez no lo comprendamos.



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