
– Ya, ya. Y yo era la mano derecha del capitán, descanse en paz. Dime qué es más importante.
– Un ayuda de cámara, por descontado. -Inspiró por la nariz sonoramente-. Y, por lo menos, yo no huelo a perro muerto.
A Winston se le escapó una risita.
– Ahora sí, viejo Grimmy
Las voces de los sirvientes seguían y seguían, como un disco rayado, pero Hayley las ignoró y se concentró en los alrededores. El bosque estaba más negro que la boca del lobo. Las hojas crujían bajo los cascos del caballo. Cerca ululó una lechuza, y a Hayley casi se le para el corazón. Desde luego, tenía que haberse vuelto loca para embarcarse en semejante aventura. Pero ¿qué otra opción tenía? Cerró los ojos y se imaginó a Nathan o a Andrew, heridos y solos. Sabe Dios lo mucho que a ella le gustaría que en una situación similar alguien echara una mano a sus hermanos. No se podía marchar sabiendo que alguien podía necesitar ayuda, aunque ello supusiera estar a punto de morirse de miedo.
Al cabo de unos minutos, el caballo se detuvo. Relinchando suavemente, pisoteó la tierra y bajó las orejas. Hayley desmontó, le cogió la lamparita a Grimsley y la levantó, iluminando los alrededores con un brillo suave y dorado. Estaban ante una especie de precipicio. Se aproximó hasta el extremo y miró hacia abajo, deslizando la mirada a lo largo de una empinada pendiente rocosa. Más abajo se oía el suave murmullo de un riachuelo.
Grimsley atisbo por encima del hombro de Hayley y restregó repetidamente su zapato contra la hierba.
– ¿Ve algo, señorita Hayley?
– No. Hay una pendiente pronunciada y abajo se oye un riachuelo… -Su voz se fue desvaneciendo poco a poco cuando llegó a sus oídos un grave quejido procedente de más abajo.
– ¿Qué… qué es eso? -susurró Grimsley con voz trémula.
– Sólo es el viento, viejo bobo y malhumorado -contestó Winston en tono cortante.
Hayley se apretó el estómago con la mano y negó con la cabeza.
