
– No, escuchen.
Otro quejido, casi inaudible pero inconfundible, se elevó desde la oscuridad que se extendía ante ellos.
– Hay alguien ahí abajo -dijo Hayley en tono de mal presagio. Sin pensar ni un momento en sí misma, empezó a bajar por la empinada pendiente. A medio camino, levantó la lamparita, proyectando un haz de luz hacia el riachuelo.
Y entonces lo vio.
Estirado boca abajo, con la parte inferior del cuerpo sumergida en el agua, había un hombre. A Hayley se le escapó un chillido. Medio corrió y medio resbaló por la ladera, ignorando las afiladas rocas y las ramas, que le rasgaron la ropa y se le clavaron en la piel.
– ¡Señorita Hayley! ¿Está bien? -preguntó Grimsley asustado desde arriba.
– Sí, yo estoy bien. Pero aquí abajo hay un hombre herido.
Llegó hasta él al cabo de unos segundos. Sin importarle las gélidas aguas del riachuelo ni el hecho de haberse destrozado los zapatos, Hayley se arrodilló y dio la vuelta al herido con delicadeza.
Tenía el rostro cubierto de suciedad y surcado de rasguños. En la frente tenía una raja de mal aspecto de la que manaba abundantemente la sangre. Su ropa, hecha jirones, estaba cubierta de lodo, hojas y hierba. La chaqueta, de color oscuro, estaba completamente abierta, dejando al descubierto una camisa empapada de sangre.
Hayley le apretó un dedo contra el lado del cuello. Para su alivio, le notó el pulso, un pulso débil e irregular, pero, por lo menos, estaba vivo.
– ¿Está muerto? -gritó Winston en la oscuridad.
– No, pero está malherido. ¡Dese prisa! Traiga el botiquín. -Deslizó los dedos con suavidad, tanteando sobre la cabeza del herido en busca de otras heridas. Cuando le palpó un chichón del tamaño de un huevo en el cogote, él emitió un leve gemido.
El empalagoso olor de la sangre llenaba las fosas nasales de Hayley mientras luchaba contra el impulso de caer presa del pánico. Necesitaba limpiarle las heridas y no estaba dispuesta a desperdiciar los preciosos minutos que Winston y Grimsley tardarían en bajar.
