
Winston y Grimsley guardaron silencio y asintieron. Volviendo a centrar su atención en el semental, Hayley acarició el sudoroso cuello del animal.
– ¿Está cerca tu dueño? -le preguntó con ternura-. ¿Está herido?
El caballo piafó y relinchó. Hayley miró a Winston y a Grimsley y añadió:
– Los caballos tienen un gran sentido de la orientación. Veamos si nos guía hasta algún lugar.
Antes de que ninguno de los dos hombres pudiera detenerla, Hayley se levantó la falda, introdujo un pie en el estribo y se dio impulso para subirse a la silla de montar. Fue una suerte que superara en estatura a la mayoría de los hombres, porque el caballo era el más grande que había montado nunca.
– Por favor, vaya a buscar el botiquín a la calesa, Winston. Tenemos que estar preparados. Grimsley, usted encárguese de la lamparita.
Con la naturalidad de un jinete consumado, Hayley apretó ligeramente los talones contra los flancos del animal. El caballo parecía saber muy bien adonde se dirigía y avanzó decidido. Se desplazaron paralelamente al camino durante aproximadamente un kilómetro y medio, luego giraron y se adentraron más en la oscuridad del bosque. Aflojando las riendas, Hayley inspeccionó atentamente el área con la mirada mientras Wínston y Grimsley la seguían sin dejar de discutir.
– ¡Que me arrojen a la cubierta de la toldilla y me dejen en paños menores! -Rezongó Winston-. Acelera el ritmo, viejo saco de huesos. No pienso pararme para darte un empujón en tu lento y cansado culo. Te dejaré aquí hasta que te pudras.
– Puedo seguir el ritmo perfectamente -resopló Grimsley-. Lo que pasa es que llevo zapatos nuevos.
– No quieres rayarte tus preciosos zapatitos, ¿verdad?-dijo Winston en tono despectivo. Dios me libre de los mayordomos viejos y remilgados. Son peores que las nenas.
– Yo era el ayuda de cámara del capitán Albright.
