
Grimsley abrió los ojos de par en par y tragó saliva con dificultad.
– ¿Buscarlo? ¿Aquí? ¿Ahora?
– No, viejo estúpido y enmohecido -contestó Winston con un bufido-. La semana que viene.
Grimsley hizo caso omiso.
– Pero, está muy oscuro, señorita Hayley, y ya vamos con horas de retraso por la reparación de la dichosa rueda. Todo el mundo estará preocupado…
– De modo que no viene de un cuarto de hora -le interrumpió Hayley con sequedad. Sabe Dios que no había nada que deseara más que llegar a casa, pero… ¿cómo iba a irse sabiendo que alguien podía necesitar ayuda? No podía hacerlo. Su conciencia no le dejaría vivir tranquila.
Firmemente decidida, dijo:
– No podemos irnos sin comprobarlo. El hecho de que un animal tan estupendo esté perdido, con una herida en la pata, lleno de rasguños y sin jinete es una clara indicación de que algo malo ha ocurrido. Tal vez alguien necesita ayuda desesperadamente.
– Pero… ¿y si el caballo pertenece a un asesino o a un ladrón? -preguntó Grimsley con voz débil y trémula.
Hayley dio una palmadita en la mano al anciano.
– Lo dudo, Grimsley. Los asesinos y los ladrones no suelen tener caballos tan magníficos, y… ¿a quién esperarían matar o asaltar en un camino tan poco frecuentado?
Grimsley carraspeó.
– ¿A nosotros?
– Bueno, si está herido, no creo que pueda hacernos mucho daño y, si no lo está, nos limitaremos a devolverle su caballo y proseguiremos tranquilamente nuestro camino. -Hayley dirigió una mirada seria y penetrante a sus compañeros de viaje-. Además, después de lo que les pasó a mi madre y a mi padre, los dos saben mejor que nadie que nunca me perdonaría a mí misma abandonar a alguien que está sufriendo.
