– ¿Y cómo encaja Children's Connection en tus planes?

Liz arrugó la nariz.

– Esto no lo hago por dinero. Pagan muy poco. Pero es una buena oportunidad de darme a conocer.Además, soy toda una fan de lo que hacen.

David se inclinó hacia ella.

– ¿Eres adoptada?

– No, pero mi abuela sí. Era rusa. Cuando sus padres murieron en la Segunda Guerra Mundial, no tenía adonde ir. Unos voluntarios la acogieron y terminó en Polonia. Allí conoció a una enfermera americana que la trajo aquí.

Él pasó la mirada por su rostro.

– Eso explica los magníficos pómulos.

– Eres muy hábil. Halagas mi físico mientras obtienes información sobre mi pasado.

– Tengo mis métodos.

A ella le gustaban aquellos métodos.

– Bueno ya hemos hablado suficiente sobre mí. ¿A qué te dedicas tú?

Antes de que él pudiera responder, el camarero volvió a la mesa para tomarles nota. Liz pidió un sandwich, sabiendo que podría llevarse la mitad a casa y un cuenco de sopa. David pidió una hamburguesa.

– Qué típico de un hombre -comentó Liz-. Una hamburguesa con patatas fritas.

– Tengo que aprovechar mientras puedo.

– ¿Porque te van a prohibir comer carnes rojas dentro de poco?

– Porque me voy a Europa en unas… -miró su reloj-. Once horas.

– ¿Qué?

Él bajó la voz.

– Soy espía y el gobierno me envía a Rusia.

– ¡Oh, vamos!

David sonrió.

– Es una verdad a medias. Voy de veras a Moscú, pero no soy espía. Trabajo para el Departamento de Estado.

– Ya, claro. ¿Cuántos años tienes?

– Veinticinco. Me contrataron nada más terminar la universidad. Soy un lacayo de bajo nivel. Créeme, contratan a gente de mi edad. Alguien tiene que hacer el trabajo no deseado.

– Un puesto al otro lado del Atlántico no puede ser un trabajo no deseado -dijo ella, pensando en su abuela-. Pero ver Moscú… -algún día, se prometió. Porque quería hacerlo y porque le había prometido a Nana que lo haría.



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