
– ¿Tienes que irte de verdad? -le preguntó suavemente.
– Es mi trabajo, Liz. He estado trabajando para esta misión desde el día que me contrataron.
Ella bajó la cabeza.
– Lo sé. Ha sido una pregunta tonta. Si hay alguien que entienda lo que es darlo todo por una carrera profesional, soy yo. Pero yo sólo…
– Yo también -dijo él. Le puso el dedo en la barbilla e hizo que lo mirara-. No puedo decidir si deberíamos mantenernos en contacto o separarnos.
– No lo sé.
Liz tenía un nudo en la garganta. Lo deseaba. No sólo sexualmente, sino de otras muchas maneras. Quería aprenderlo todo sobre él. Quería conocer a su familia, hablar de objetivos, tener citas y peleas y atesorar recuerdos. Si no fuera una locura completa, podría jurar que se había enamorado de él.
– Llévame contigo -dijo, impulsivamente-. A Rusia.
– No sabes lo mucho que me tienta esa idea, Liz. Podríamos darnos calor el uno al otro durante el largo invierno.
Podría funcionar, pensó ella frenéticamente. Al ser ilustradora por cuenta propia, no tenía que atenerse a horarios.
– Podría trabajar desde allí y enviar mis dibujos a los clientes -le dijo-. Me tomaría un par de días dejarlo todo arreglado aquí, pero podría…
Él la acalló con un beso. La dulce presión de su boca le dio a entender su respuesta, aunque no quisiera creerlo. Comenzaron a arderle los ojos.
– Lo sé, es una locura -susurró Liz.
– Pero un gran sueño.
Un sueño. Aquello era un sueño. Un sueño perfecto y bello, pero que nunca podría convertirse en realidad. ¿Marcharse a Rusia? ¿Por un hombre? Nunca. David era maravilloso pero, ¿qué sabía en realidad sobre él?
Dividida entre lo que era razonable y lo que le gritaba su corazón, Liz abrió la puerta del coche y se obligó a salir.
– Gracias por este día inolvidable, David Logan -le dijo, intentando contener las lágrimas-. No creo que hubiera podido ser más perfecto. Deberíamos guardar este recuerdo intacto y no intentar repetirlo.
