Él asintió.

– Tienes razón. Pero si alguna vez vas a Moscú…

– Te buscaré. Y cuando tú vengas a Portland, haz lo mismo.

– De acuerdo.

Liz contempló su rostro, sus ojos. Estaba haciendo lo correcto. Los dos lo estaban haciendo.

– Tú no eres el que está huyendo -dijo con firmeza.

– Ni tú tampoco.

Mientras cerraba la puerta del coche, Liz sabía que los dos estaban mintiendo.

Capítulo 2

Casi cinco años más tarde

Normalmente, David Logan evitaba los eventos sociales de la embajada. Su trabajo requería que estuviera presente en muchos cócteles y en muchas fiestas en las que debía vigilar a gente peligrosa, o extraer información sin que la persona en cuestión se diera cuenta. Las conversaciones ya no le parecían relajantes ni divertidas. Lo estimulaba más un buen secuestro encubierto o la liberación de un prisionero.

Sin embargo, aquella noche era distinta. Aunque era su día libre, se encontraba asintiendo amablemente a la gente a la que había visto en aquellos eventos muchas veces y dándole conversación a las esposas de los empleados. Incluso mientras hablaba de béisbol con un operativo de seguridad de la embajada británica, mantenía la atención fija en la multitud que circulaba por la sala. Habían invitado a un grupo de casi treinta turistas norteamericanos a la celebración de aquella noche, incluyendo a una tal Elizabeth Duncan de Portland, Oregón.

Liz, por fin, había ido a Rusia.

David sabía que su visita no tenía nada que ver con él, porque no habían tenido contacto desde que se habían separado, el mismo día en el que él había tomado el vuelo hacia Moscú. Sin embargo, él había ido a aquella fiesta para verla. Quería observarla, hablar con ella y averiguar en qué había cambiado y en qué seguía siendo la misma.



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