Era extraño, pero después de todos aquellos años, recordaba perfectamente el día que habían pasado juntos. Aunque no estaba dispuesto a admitir que había sido ella la que había huido, sí reconocía cierto interés. Nunca había podido olvidarla. ¿Podría decir ella lo mismo con respecto a el?

David terminó su conversación con el británico y se dirigió hacia la barra. Mientras atravesaba la gran estancia, miró hacia la puerta y vio al grupo de americanos. Algunos eran turistas, otros habían ido a Moscú a adoptar niños y otros estaban allí por trabajo.

El grupo se separó y entonces, captó la visión de una bella pelirroja que llevaba un vestido negro. No estaba lo suficientemente cerca como para ver el color de sus ojos, pero David los recordaba bien: verdes. Y también recordaba su curiosidad, su sentido del humor y su energía.

– Champán -le dijo al camarero-. Dos copas, por favor.

Después de tomar las copas, se dirigió hacia el grupo.

Liz estaba charlando con una pareja. Llevaba el pelo recogido en un moño, de forma que su cuello desnudo quedaba expuesto a la vista. David quería acercarse a ella, tanto como poder acariciarle la piel blanca con los labios. Y también quería hacer más cosas. Los delgados tirantes de su vestido ofrecían muchas posibilidades.

– Tranquilo, muchacho -murmuró mientras se acercaba. Se estaba comportando como si no hubiera estado con ninguna mujer desde que se había separado de Liz y aquello no era cierto. Había estado con muchas. Sin embargo, ninguna había sido como ella.

– ¿Liz?

Dijo su nombre suavemente. Ella le estaba dando la espalda y cuando oyó que la llamaban, se quedó inmóvil. Después se volvió con lentitud.

Aquello le dio tiempo a David para ver su perfil y después su rostro. El buen humor, la sorpresa y la emoción bailaban en sus grandes ojos verdes. Sonrió, dándole la bienvenida y el calor estalló entre ellos.



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