
– David Logan -dijo, con la voz exactamente tal y como él la recordaba-. Me estaba preguntando si todavía estarías paseando por los pasillos del Departamento de Estado en Moscú.
Había pensado en él. Aquella noticia lo satisfizo mucho más de lo que hubiera debido.
David le entregó la copa de champán.
– Aquí estoy -le dijo-. Bienvenida a Moscú.
Liz tocó suavemente la copa de David con la suya y después le dio un sorbo al champán.
– Gracias -dijo-. ¡Oh, permíteme que te presente a…!
Miró hacia atrás y vio que la pareja con la que había estado hablando se había retirado discretamente hacia los demás invitados. Liz se volvió de nuevo hacia él.
– Supongo que tendré que dejar las presentaciones para más tarde.
– Como quieras.
A él no le importaba volver a hablar con nadie más. Liz era la persona que le interesaba.
– Ha pasado mucho tiempo -le dijo.
– Casi cinco años -respondió ella, con una sonrisa-. Mmm… quizá no debería haber admitido que he contado el tiempo. ¿Parece que estaba anhelando este momento?
– No. ¿Lo anhelabas?
Ella sonrió aún más.
– No durante todo el tiempo. ¿Y tú?
– Cuando vi tu nombre en la lista de invitados, supe que tenía que venir a verte.
– Pues aquí estoy.
Él observó su elegante vestido, que trazaba con precisión las magníficas curvas de su cuerpo y se deslizaba hasta sus tobillos. Ya no llevaba aros en las orejas, sino unos pendientes de diamantes. David reconoció la marca de su reloj y el aire de seguridad que desprendía.
– Has tenido éxito -le dijo.
– En mi pequeño mundo, sí. Pero no tanto como para que me persigan los paparazzis.
– ¿Y quieres que lo hagan?
Ella se rió.
– Pues claro que no. Sólo he querido decir que el éxito es relativo. He ganado unos cuantos premios, he agradado a unos cuantos clientes bien situados y he conseguido buenos ingresos.
