
Tomó la carpeta y observó el boceto.
– Les va a encantar. Lo cual significa que eres mi modelo oficial y que necesito que firmes un contrato.
El bebé comenzó a gimotear.
– Por aquí hay alguien que se está despertando y me imagino que ninguno de los dos está listo para la responsabilidad de tratar con la niña. Voy a llevarla a la guardería y después te daré un formulario de contrato. ¡Ah! Y me costean los gastos de este trabajo, así que incluso puedo pagarte.
– ¿Dinero?
– Ésa es la manera más corriente, sí -respondió ella, con los ojos muy abiertos de diversión e impaciencia-. ¿Se te había ocurrido algo distinto?
– Una comida.
– Acepto.
David eligió un pequeño restaurante junto al río. Era tarde, casi la una y media y la mayoría de la gente ya había comido y se había marchado. David y ella tenían el restaurante casi para ellos solos.
– Cuéntame qué tal se vive de ilustradora comercial -le dijo David, cuando estuvieron sentados en su mesa-. ¿Siempre trabajas por libre?
Liz sacudió la cabeza.
– No, no -respondió. En aquel momento, apareció un camarero con una jarra de agua fría-. Pero tampoco por cuenta ajena. Yo encuentro los encargos y me distribuyo la jornada de trabajo. Estoy intentando reunir una carpeta de buenos trabajos, así que últimamente soy muy quisquillosa con los encargos que acepto. Son tiempos de escasez, pero me las arreglo.
