
– Me voy a casar con Joguye en septiembre -dijo ella.
Noté como si un disonante genio del bebop tocase el xilófono en mi espina dorsal. Me puse en pie y contuve el aliento, mientras las vibraciones discordantes atravesaban todo mi cuerpo. Los espasmos llegaron de súbito, como una catarata o una explosión, pero Bonnie seguía hablando como si el mundo no se hubiese acabado.
– … quería decírtelo porque Jesus y Feather vendrán a la boda y…
¿Era aquello lo que había visto en los ojos de Juice? ¿Sabía acaso que Bonnie planeaba aquello, aquella traición? ¿Traición? ¿Qué traición? Yo la había echado. No era culpa suya.
– Esperaba que me llamases…
Tenía que haberla llamado. Sabía que debía hacerlo. Sabía que lo haría, algún día. Pero no lo bastante pronto.
– ¿Easy? -preguntó.
Yo abrí la boca, intentando responderle. Los temblores remitieron y me arrellané en el sofá.
– ¿Easy?
Apreté el teléfono contra mi pecho, agarrándome a una vida entera que podía haber sido, si hubiese cogido el teléfono y hubiese abierto mi corazón.
5
No se puede despertar de una pesadilla si no te duermes.
Salí de casa a las 4.30 de aquella mañana. Ya me había duchado y afeitado, me había cortado las uñas y cepillado los dientes. Me bebí la cafetera entera que había preparado Feather la tarde anterior, y todos y cada uno de los minutos los dediqué a intentar no pensar en Bonny Shay y el suicidio.
El único neumático enorme en un tejado en el sur de Los Angeles, en aquella época, era un anuncio de Goodyear encima de la panadería Falcon's Nest, en Centinella.
El cielo se estaba iluminando por los bordes y el tráfico acababa de ponerse en marcha. Yo me notaba los dientes y las yemas de los dedos, y poca cosa más.
No estaba enfadado, pero si Porky el Chulito se me hubiese acercado, habría sacado mi 38 con licencia y le habría pegado seis tiros. Quizás incluso hubiese vuelto a cargar el arma y le hubiese disparado de nuevo.
