
– Sí, así es -aseguró Miles-. Pero cualquiera que sepa algo de él puede ayudarnos.
– ¿Qué quiere de él, capitán? -pregunté.
Los PM iban acercándose cada vez más. Bonnie volvió a mi mente durante un segundo. Supe que ninguna paliza me dolería más que el anuncio de su próximo matrimonio.
Miles fingió vacilar entonces. Éramos tal para cual, él y yo, como las figuritas del Tyrannosaurus Rex y el Triceratops con las que tanto le gustaba jugar a Jesus cuando era niño.
– ¿Ha dado usted con el nombre del general Thaddeus King en su investigación, señor detective privado?
Yo fingí que sopesaba aquella pregunta y luego sacudí la cabeza negativamente.
– Es nuestro jefe -me dijo Miles-, Y el de Black también. Hace poco envió a Navidad a una misión muy delicada. Fue hace tres semanas, y nadie ha oído hablar de él desde entonces.
– ¿Qué tipo de misión?
– No lo sé.
Yo hice una mueca que indicaba que no le creía. Él hizo una mueca que me contestaba: «pero es cierto».
– Señor Rawlins.
– Capitán.
– Cuénteme más cosas de Ginny Tooms. -La sonrisa había desaparecido y los PM estaban en posición. Podía haber dicho: «o habla ahora o después de que le hayamos dado una buena paliza».
Yo podía resistir el castigo, pero la verdad es que no veía motivo alguno para tener que hacerlo.
– Una mujer blanca -dije-. Veintitantos años, quizá treinta. Guapa, me parece.
– ¿Cómo que le parece?
– Llevaba gafas de sol y un pañuelo azul atado en la cabeza. Por lo que yo vi, podía estar llena de cicatrices.
– ¿Rubia?
– Pues la verdad es que no lo sé. Quizá fuera calva, pero tenía buen tipo: eso no se puede esconder.
La sonrisa volvió. Clarence estaba empezando a disfrutar de nuestra conversación.
– ¿Y su dirección?
Yo negué con la cabeza.
– Me pagó con quince billetes de veinte dólares y me prometió que me llamaría cada dos días. La mujer perfecta, por lo que a mí concierne.
