Tenía también el color de un cerdo: un horrible marrón rosado. Respondí apretando el cañón de mi pistola en su pómulo izquierdo.

– ¿Qué? -chilló.

– Chevette Johnson -dije yo-. O la dejas ir, o te pego un tiro aquí mismo, ahora.

Y pensaba hacerlo. Estaba dispuesto a matarle. Pero aunque me encontraba allí a punto de cometer un crimen, al mismo tiempo se me ocurrió que Bonnie nunca me llamaría. Era demasiado orgullosa, estaba demasiado herida.

– Llévatela -dijo Porky.

Mi dedo se contraía en el gatillo.

– ¡Que te la lleves!

Moví la mano diez centímetros a la derecha y disparé. La bala sólo le rozó el lóbulo de la oreja, pero su capacidad auditiva por ese lado nunca volvería a ser la misma. Porky cayó al suelo sujetándose la cabeza y chillando. Le di una patada en el vientre y me alejé andando por donde había venido.

De camino hacia el coche pasé junto a tres mujeres con faldas muy cortas y tacones altos que habían venido corriendo. Me dejaron paso, apartándose mucho al ver la pistola que llevaba en la mano.


– Pero entonces, ¿por qué te fuiste de casa de esa manera? -le pregunté a Chevette en la hamburguesería de Beverly, que está abierta toda la noche.

Ella había pedido una hamburguesa con chile y patatas. Yo iba sorbiendo un refresco con gas.

– Es que no me dejaban hacer nada -lloriqueó-. Papá quería que llevara faldas largas y colas de caballo. Ni siquiera me dejaba hablar con ningún chico por teléfono.

Aunque llevara puesto un saco de patatas se veía con claridad que Chevette era una mujer. Había pasado mucho tiempo desde que formó parte del club de Mickey Mouse.

La llevé a mi oficina y la dejé dormir en mi sofá azul mientras yo daba unas cabezadas, soñando con Bonnie, en la silla.

Por la mañana llamé a Martel y se lo conté todo… excepto que Chevette estaba escuchando.

– ¿Qué quieres decir con eso de «en la calle»? -me preguntó.



5 из 222