– Ya sabes lo que quiero decir.

– ¿Prostituta?

– ¿Aún quieres que vuelva? -le pregunté.

– Por supuesto que quiero que vuelva mi niña.

– No, Marty. Puedo hacer que vuelva, pero la que volverá será una mujer hecha y derecha, y no una niña ni un bebé. Ella necesita que la dejes crecer. Tendrás que ser diferente. Si tú no cambias, poco importará que ella vuelva ahora a casa.

– Pero es mi niña, Easy… -dijo él, con seguridad.

– La niña desapareció, Marty. Lo que hay ahora es una mujer.

Entonces él se vino abajo, y Chevette también. Ella enterró la cara en el cojín azul y se echó a llorar.

Le dije a Martel que la llevaría de vuelta a casa. Hablamos tres veces más antes de ir para allá y le dije que no valía la pena que volviese si no era capaz de verla tal y como era, si no podía amarla tal y como era.

Y mientras tanto pensaba en Bonnie todo el tiempo. Pensaba que debía llamarla y rogarle que volviera a casa.

2

Sólo me costó diez minutos salir del coche.

Caminando por el césped oí los ladridos del perrito amarillo. Frenchie me odiaba; quería a Feather. Al menos teníamos algo en común. Me sentí feliz al oír sus carreras caninas detrás de la puerta de entrada. Era la única bienvenida que me merecía.

Cuando entré en casa, aquel perrillo que pesaba tres kilos empezó a ladrar y a morderme los zapatos. Me agaché para saludarle. Ese gesto de conciliación siempre hacía que Frenchie se alejase corriendo.

Cuando levanté la vista para ver cómo se iba correteando a la habitación de Feather vi a la pequeña vietnamita Amanecer de Pascua.

– Hola, señor Rawlins -dijo la pequeña, de ocho años.

– Pascua, ¿de dónde sales, muchacha? -Miré a mi alrededor buscando a su padre, el que había asesinado a un pueblo entero.

– Pues originalmente, de Vietnam -replicó la niña, contundente.

– Hola, papi -dijo Feather, saliendo de detrás de la puerta.



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