Ahora, el verano empezaba ya a mostrar tonos pardos, camino del otoño. La señorita Wharton, cerrando brevemente los ojos mientras caminaba sobre la alfombra de hojas caídas, pensó que todavía podía oler, predominando sobre el olor del parsimonioso curso del agua y de la tierra húmeda, un vestigio de las primeras flores del saúco. Era ese olor el que, en las mañanas estivales, más claramente la llevaba con el pensamiento a los caminos de su infancia en Shropshire. Aborrecía el comienzo del invierno y, mientras caminaba esa mañana, le había parecido olfatear su aliento en el aire. Aunque hacía una semana que no llovía, el camino estaba resbaladizo a causa del fango, que amortiguaba el ruido de los pasos. Caminaban bajo las hojas en un silencio ominoso, e incluso el discreto piar de los gorriones quedaba amortiguado. Sin embargo, a su derecha la orilla del canal todavía mostraba el verdor estival, con hierbas que crecían abundantemente sobre las cubiertas de neumáticos rajadas, los colchones abandonados y los jirones de tela que se pudrían por debajo de ellas, y las inclinadas ramas de los sauces dejaban caer sus delgadas hojas sobre una superficie que parecía demasiado aceitosa y estancada para poder absorberlas.

Eran las nueve menos cuarto y se estaban aproximando a la iglesia, pasando ahora por uno de los bajos túneles que flanqueaban el canal. Darren, que tenía manifiesta predilección por esta parte del camino, lanzó un grito de alegría y se adentró en el túnel, buscando sus ecos y pasando las manos, como pálidas estrellas de mar, a lo largo de las paredes de ladrillo. Ella siguió a aquella silueta saltarina, casi temiendo el momento de atravesar el arco que había de conducirla a aquella oscuridad claustrofóbica y húmeda, con olor a río, y que le permitiría oír, con una intensidad fuera de lo corriente, los lengüetazos del agua del canal junto a las piedras de la orilla, así como el lento goteo del agua desde el techo. Aceleró el paso y, poco rato después, la media luna luminosa en el extremo del túnel se había ensanchado para acogerles de nuevo a la luz diurna, y el niño volvió a su lado, temblando.



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