
– Hace mucho frío, Darren -dijo ella-. ¿No deberías ponerte la capucha?
Él encogió sus delgados hombros y meneó la cabeza. A la señorita Wharton la sorprendía lo poco que llevaba el pequeño como ropa de abrigo, y la indiferencia que demostraba ante el frío. A veces, le parecía que el niño prefería vivir sometido a un escalofrío perpetuo. A lo mejor, abrigarse en una fría mañana de otoño era algo considerado poco viril, y por otra parte tenía muy buen aspecto con su tabardo provisto de capucha. Se sintió aliviada la primera vez que apareció con él; era una prenda de un azul chillón con rayas rojas, cara y evidentemente nueva. Un signo tranquilizador de que la madre a la que ella nunca había visto y de la que él nunca hablaba, trataba de prodigarle los debidos cuidados.
El miércoles era el día que ella destinaba a cambiar las flores, y aquella mañana llevaba un ramito de rosas, envuelto en papel de seda, y otro de pequeños crisantemos blancos. Los tallos estaban húmedos y notaba cómo se filtraba la humedad a través de sus guantes de lana. Las flores estaban todavía en capullo, pero una de ellas empezaba a abrirse y eso le produjo una evocación transitoria del verano, que traía consigo una antigua ansiedad. Darren solía llegar a aquellas citas matinales en la iglesia con un obsequio floral. Le dijo que las flores procedían de la casa de campo del tío Frank, en Brixton. Sin embargo, ¿sería verdad? Y además, estaba aquel salmón ahumado, su obsequio del último viernes, que le entregó directamente poco antes de la hora de la cena. Le explicó que se lo había dado el tío Joe, que era el propietario de un café en el camino de Kilburn. Sin embargo, aquellas lonchas, tan jugosas y deliciosas, así como la bandeja blanca en que estaban depositadas, tenían completa semejanza con todo lo que ella había contemplado, con un anhelo sin la menor esperanza, en Marks and Spencer, con la excepción de que alguien había arrancado la etiqueta.
