
De pronto, el niño lanzó un grito, echó a correr con todas sus fuerzas hacia adelante y de un salto se plantó en la orilla. Ahí se quedó balanceándose, temblorosas sus delgadas piernas, con aquellas zapatillas de deporte, blancas y de suela gruesa, que ofrecían un aspecto incongruentemente pesado para aquellas piernecillas huesudas. Solía mostrar esos repentinos brotes de actividad, adelantándose a la carrera para ocultarse entre las matas y saltar después hacia ella, brincando sobre los charcos de agua, buscando botellas rotas y latas de conserva en la cuneta y arrojándolas al agua con una energía desesperada. Ella fingía asustarse cuando él se presentaba pegando un brinco, le aconsejaba que tuviera cuidado cuando trepaba por alguna de las ramas más inclinadas y cuando se colgaba de ella, casi rozando el agua. Sin embargo, en realidad disfrutaba con aquella vitalidad. Resultaba menos preocupante que el letargo que tan a menudo parecía apoderarse de él. Ahora al contemplar su cara, con aquellas muecas de mono, mientras se balanceaba con los dos brazos, retorciendo frenéticamente el cuerpo y mostrando el blanco plateado de su delicada caja torácica bajo la pálida piel, allí donde la chaqueta se separaba de sus pantalones vaqueros, la señorita Wharton experimentó una sensación de cariño tan dolorosa como una lanzada en su corazón. Y con el dolor volvió aquella antigua ansiedad. Cuando el niño se dejó caer junto a ella, le preguntó:
