– Darren, ¿estás seguro de que a tu madre no le importa que vengas a Saint Matthew para ayudarme?

– Qué va, ya le dije que no pasa nada.

– Es que vienes a mi casa muy a menudo. A mí me gusta, pero ¿estás seguro de que a ella no le importa?

– Mire, ya se lo he dicho muchas veces. No pasa nada.

– Sin embargo, ¿no sería mejor que fuese a verla, sólo para conocerla y para que sepa con quién estás?

– Ya lo sabe. Además, no está en casa. Ha ido a visitar a mi tío Ron, de Romford.

Otro tío. Ya no sabía ni cómo llevar la cuenta de ellos. Entonces, surgió en ella nueva ansiedad.

– ¿Quién cuida de ti, Darren? ¿Quién hay en tu casa?

– Nadie. Duermo con una vecina hasta que ella regrese. Estoy la mar de bien.

– ¿Y la escuela de hoy?

– Ya se lo he dicho. No tengo que ir. Es fiesta, ¡hoy es fiesta! ¡Ya se lo he dicho!

Su voz había alcanzado un tono alto, casi histérico. Entonces, al ver que ella no hablaba, se puso a su lado y le explicó con más calma:

– Hoy venden Andrex a cuarenta y ocho peniques la doble ración de panecillos, en Notting Hill. En aquel supermercado nuevo. Si le interesa, puedo conseguirle un par de panecillos.

Ella pensó que el niño debía de pasar mucho tiempo en los supermercados, comprando para su madre, en su camino de regreso a casa al salir de la escuela. Tenía una habilidad especial para encontrar gangas, y siempre le hablaba de ofertas especiales en los artículos más baratos. Contestó:

– Procuraré ir allí yo misma, Darren. Se trata de un precio muy interesante.

– Sí, eso es lo que pensé. Es un buen precio. Es la primera vez que veo venderlos a menos de cincuenta peniques.

Durante casi todo el camino, el objetivo de ambos había estado a la vista: la cúpula de cobre verdoso del campanario de aquella extraordinaria basílica románica de Arthur Blomfield, construida en 1870, junto a aquella indolente arteria urbana acuática, con tanto aplomo como si la hubiera erigido junto al Gran Canal de Venecia.



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