En su primera visita a Saint Matthew, nueve años antes, la señorita Wharton había decidido que convenía admirarla, puesto que era su iglesia parroquial y ofrecía lo que ella describía como privilegios católicos. A partir de entonces, había apartado con firmeza de su mente la arquitectura del edificio, junto con sus recuerdos de arcos normandos, retablos de talla y las familiares torres del estilo inglés primitivo. Creía que se había acostumbrado ya a él, pero todavía se sentía levemente sorprendida cuando veía al padre Barnes acompañar a grupos de visitantes, expertos interesados en la arquitectura victoriana, que no ocultaban su entusiasmo ante el baldaquino, admiraban las pinturas prerrafaelitas en los ocho paneles del púlpito, o plantaban sus trípodes para fotografiar el ábside, y comparaban el templo, con un tono confiado y poco eclesiástico (incluso los expertos debieran aprender a bajar sus voces en la iglesia), con la catedral de Torcello, cerca de Venecia, o con la basílica similar que Blomfield había construido en Jericho, en Oxford.

Y ahora, como siempre, con aquella presencia impresionante, se erguía ante ellos. Atravesaron la verja entre las barandillas del canal y enfilaron el camino de grava que conducía al pórtico de la puerta sur, cuya llave obraba en poder de la señorita Wharton. Esta puerta conducía a la sacristía pequeña, donde ella colgaba su abrigo, y a la cocina, donde limpiaba los jarrones y disponía las flores frescas. Cuando llegaron ante la puerta, ella contempló el pequeño parterre de flores que los jardineros de la parroquia trataban de cultivar, con más optimismo que éxito, en la poco agradecida tierra junto al camino.



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