
– Te quedarás con nosotros, ¿verdad?
– Como dice Hope, no tengo elección, al menos por unos días.
– Más, mucho más -dijo él enseguida-. La burocracia italiana lleva su tiempo, pero intentaremos que tu estancia sea lo más agradable posible.
El tono era inequívoco. «¿Y por qué no?», pensó ella. Le apetecía flirtear con un hombre que daría tan poca importancia al asunto como ella. Era atractivo, interesante y ambos sabían lo que había.
– Lo estoy deseando -dijo ella-. De hecho, Hope quiere que le cuente cosas de Inglaterra y es lo menos que puedo hacer por ella.
– Sí, debe de sentirse un poco abrumada por los italianos -dijo Dante-. Aunque siempre ha sido una de los nuestros y toda la familia la adora. Mis padres murieron cuando yo tenía quince arios y desde entonces ella ha sido como mi segunda madre.
– ¿Vives aquí?
– No, vivo en Milán, pero me vine al sur con ellos porque creo que hay oportunidades de negocio en Nápoles. Puede que decida quedarme después de echar un vistazo.
– ¿A qué te dedicas?
– Venta de propiedades, especializada en lugares poco comunes, casas antiguas difíciles de vender.
Dante bostezó y ambos permanecieron sentados y en amigable silencio. Ella se sentía agotada y satisfecha al mismo tiempo, apartada del universo en aquel tren que atravesaba la noche.
Al levantar la vista, vio que él contemplaba la oscuridad. Podía ver su reflejo en la ventanilla. Tenía los ojos abiertos y una expresión ausente, como si pudiese ver algo en la penumbra que ella no percibía y que lo inundaba de melancolía.
Entonces Dante volvió a mirarla y sonrió, levantándose con desgana y tendiéndole la mano.
– Vamos.
En la puerta del compartimento de Ferne, el se detuvo y le dijo:
– No te preocupes. Te prometo que todo saldrá bien. Buenas noches.
Ferne se deslizó silenciosamente en el compartimento para no despertar a Hope. En un segundo había subido la escalera y estaba acostada, contemplando la noche y preguntándose acerca del hombre que acababa de dejar. Le resultaba curiosamente agradable y pensó que no le importaría pasar más tiempo con él, siempre y cuando su relación fuese estrictamente superficial.
