
Pero no pudo darle más vueltas. El traqueteo del tren resultaba hipnótico y muy pronto se quedó dormida.
A la mañana siguiente, sólo hubo tiempo para un ligero aperitivo antes de que el tren llegara a su destino. Hope miraba ansiosa por la ventanilla, preguntándose cuál de sus hijos vendría a recibirlos.
Al final, los tres esperaban en la estación, saludándoles y haciéndoles gestos con las manos mientras el tren se detenía. Abrazaron a sus padres con entusiasmo, palmearon el hombro de Dante y miraron a Ferne con interés.
– Éstos son Francesco, Ruggiero y Primo -le explicó Toni-. No intentes adivinar quién es quién ahora. Haremos las presentaciones más tarde.
– Ferne ha sufrido un percance y se quedará con nosotros hasta que todo se solucione -dijo Hope-. En cuanto a mí, estoy deseando llegar a casa.
Durante todo el trayecto hasta la casa, Hope miró ansiosa por la ventanilla hasta que finalmente agarró a Ferne del brazo y le dijo:
– Mira, ésa es Villa Rinucci.
Ferne siguió su mirada hasta lo alto de una colina en la que se aposentaba una enorme villa que dominaba Nápoles y el mar. Quedó fascinada con el lugar: estaba bañado por el sol y parecía estar lleno de belleza y tranquilidad.
Estaba rodeada de árboles, pero se encontraba en un lugar elevado, como si despuntase entre ellos. Una mujer regordeta, seguida de dos jovencitas de pecho generoso, salió a recibir a los coches, saludando impaciente.
– Ésta es Elena, mi ama de llaves -le dijo Hope a Ferne-. Las dos chicas son sus sobrinas, que van a quedarse a trabajar un par de semanas, porque seremos muchos y habrá muchos niños. Llamé a Elena desde el tren para decirle que venías y que necesitábamos una habitación.
