
– Y gracias al cielo, en Bretaña hemos comenzado ya de un modo prometedor -exclamó Philippe.
– ¡Bah! Eso no es nada. Los nobles no cederán sin luchar. Una lucha fútil y ridícula si quieres, pero supongo que también la futilidad y la ridiculez son atributos de la naturaleza humana.
Philippe de Vilmorin sonrió con sarcasmo:
– Probablemente también calificarás la muerte de Mabey de fútil y ridícula, ¿no? No me sorprendería oírte argumentar, en defensa del marqués de La Tour d'Azyr, que su guardabosque fue muy piadoso al matar a Mabey, puesto que la alternativa era que éste hubiese sido condenado a galeras de por vida.
André-Louis acabó de beber el resto de su chocolate, dejó la taza en la mesa y echó su silla hacia atrás:
– Confieso que no participo de tu misericordia, mi querido Philippe. Me conmueve la muerte de Mabey. Pero, una vez dominada la impresión que la noticia me causó, no puedo olvidar que, después de todo, Mabey estaba robando cuando lo mataron.
La indignación de Vilmorin estalló:
– ¡Ése es el punto de vista que cabe esperar del asistente fiscal de un noble, del representante de un noble en los Estados de Bretaña!
– Philippe, no eres justo. ¿Por qué te enfadas conmigo? -gritó André-Louis conmovido.
– Me ofenden tus palabras -confesó Vilmorin-. Estoy profundamente ofendido por tu actitud. Y no soy el único que está resentido por tus tendencias reaccionarias. ¿Sabías que el Casino Literario está considerando seriamente tu expulsión? André-Louis se encogió de hombros: -Eso ni me sorprende ni me preocupa. Vilmorin continuó apasionadamente:
