– A veces pienso que no tienes corazón. Siempre hablas en nombre de la Ley, nunca en el de la Justicia. Creo que me equivoqué al venir a verte. No es posible que me ayudes en mi entrevista con el señor de Kercadiou.

Philippe cogió su sombrero con la clara intención de marcharse. André-Louis se puso en pie de un salto y retuvo a su amigo por un brazo:

– Te juro -le dijo- que ésta es la última vez que hablaré contigo de leyes o de política. Te quiero demasiado para enfadarme contigo por los asuntos de los demás.

– Es que yo hago míos esos asuntos -insistió Philippe con vehemencia.

– Por supuesto… y por eso te quiero. Está muy bien que seas así. Vas a ser sacerdote y los asuntos de los demás son también los del sacerdote. Yo, en cambio, soy un hombre de leyes, el representante de un noble, como has dicho, y en las cuestiones legales lo único que importa es el cliente. Ésa es la diferencia entre nosotros dos. Sin embargo, no lograrás librarte de mí.

– Pero te digo francamente que prefiero que no vengas conmigo a ver al señor de Kercadiou. Tu deber para con tu cliente te impide ayudarme.

El enojo de Philippe había pasado, pero su determinación, basada en las razones expuestas, permanecía firme.

– Muy bien -dijo André-Louis-. Será como quieres. Pero nada podrá impedirme pasear contigo hasta el castillo y esperarte mientras apelas ante el señor de Kercadiou.

Así las cosas, salieron de la casa como excelentes amigos, pues el carácter dulce de Philippe de Vilmorin no conocía el rencor. Y juntos subieron por la calle principal de Gavrillac.

CAPÍTULO II El aristócrata

La soñolienta aldea de Gavrillac, a media legua del camino principal de Rennes, permanecía al margen del ajetreo del tránsito de la carretera principal. Situada en una curva del río Meu, se extendía a los pies de la colina coronada por la casa señorial.



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