
Para salvaguardar sus intereses, tratan de socavar el actual estado social y edificar sobre sus ruinas uno nuevo en el que ellos sean los amos. Y para conseguirlo, inflaman al pueblo. Ya en Dauphin hemos visto correr la sangre, la sangre del pueblo, pues siempre es su sangre la que se derrama. Ahora estamos viendo otro tanto en Bretaña. ¿Y qué pasará si prevalecen las nuevas ideas? ¿Qué pasará si desaparece el poder señorial? Habremos cambiado la aristocracia por la plutocracia. ¿Vale eso la pena? ¿Crees que bajo el yugo de los bolsistas, los negreros y los hombres enriquecidos por el innoble arte de comprar y vender, la suerte del pueblo será mejor que bajo el de la nobleza y el clero? ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez, Philippe, qué es lo que hace el gobierno de los nobles tan intolerable? Es la ambición. La ambición es la maldición de la humanidad. ¿Y esperas menos ambición por parte de unos hombres que se han crecido precisamente en la ambición? Estoy dispuesto a admitir que el actual gobierno es execrable, injusto, tiránico, todo lo que quieras. Pero abre bien los ojos y verás que el gobierno con el que se pretende sustituir al actual puede ser infinitamente peor.
Philippe permaneció un momento pensativo; después volvió al ataque:
– Pero tú no hablas de los abusos, de los horribles e intolerables abusos del poder gobernante que hoy nos tiranizan.
– Donde haya poder, siempre habrá abusos.
– No si la posesión del poder depende de una administración justa.
– La posesión del poder es el poder mismo. No podemos dictar nuestro deseo a quienes lo sustentan.
– El pueblo sí podrá. Cuando tenga el poder.
– Otra vez te pregunto: al hablar del pueblo, ¿te refieres al populacho? ¡Claro! ¿Y qué poder puede ejercer el populacho? Puede gobernar salvajemente. Puede matar e incendiar por un tiempo. Pero no puede ejercer un gobierno duradero, porque el poder exige unas cualidades que el populacho no tiene, y si las posee deja de ser populacho.