Gavrillac no sólo pagaba tributos a su señor -parte en dinero y parte en servicios-, sino también diezmos a la iglesia e impuestos al rey, lo que la dejaba en una situación bastante precaria. Sin embargo, a pesar de todo, allí la vida no era tan dura como en otros lugares. Por ejemplo, allí no se sufría tanta crueldad como la que padecían los desdichados vasallos del poderoso señor de La Tour d'Azyr, cuyas vastas posesiones sólo estaban separadas de la aldea por las aguas del Meu.

El castillo de Gavrillac tenía un aire señorial que se debía más a estar situado en aquella elevación del terreno que a cualquier otra característica especial. Hecho de granito, como todas las casas de Gavrillac, y patinado por tres siglos de existencia, su fachada era lisa y sólo tenía dos pisos con cuatro ventanas en cada uno. Estaba flanqueado, a ambos lados, por unos torreones cuadrados. Situado al fondo de un jardín, ahora mustio, pero muy agradable en verano, y con su fachada con terraza de balaustrada de piedra, tenía el aspecto de lo que en realidad era y había sido siempre: la residencia de personas poco presuntuosas, más interesadas en la agricultura que en la aventura.

Quintín de Kercadiou, señor de Gavrillac -pues éste era el vago título que ostentaba, al igual que sus antepasados, aunque en verdad nadie sabía de dónde provenía-, confirmaba la impresión causada por su casa. Rudo como el granito, jamás había aspirado a pertenecer a la corte, ni siquiera había servido en el ejército del rey. Eso de representar a la familia en las altas esferas se lo dejaba a su hermano menor, Étienne. Desde joven, Quintín de Kercadiou se había interesado en los bosques y prados que rodeaban su castillo. Cazaba y cultivaba sus tierras, aparentemente no se distinguía mucho de cualquiera de sus rústicos aparceros. No hacía ostentación de su posición, como tanto le hubiera gustado a su sobrina, Aline de Kercadiou.



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