
La joven, cuyo rasgo dominante de carácter era la persistencia, seguía luchando asidua e inútilmente desde que regresó del gran mundo de Versalles, unos tres meses atrás.
Aline estaba paseando por la terraza cuando llegaron André-Louis y Philippe de Vilmorin. Para protegerse del aire frío, envolvía su esbelto cuerpo en un abrigo de piel blanca e iba tocada con una cofia, también blanca, que apenas sujetaba sus rubios rizos. El aire frío avivaba sus mejillas y parecía añadir un destello a sus ojos, que eran de un azul obscuro.
La doncella conocía a André-Louis y a Philippe de Vilmorin desde la infancia. Los tres habían jugado juntos, y André-Louis -gracias al parentesco espiritual que le unía a su tío- la llamaba «prima». Estas relaciones, casi de familia, habían continuado entre ella y André-Louis mucho después de que Philippe, al crecer, se alejara de la intimidad infantil para convertirse, a los ojos de Aline, en el señor de Vilmorin.
La muchacha saludó con la mano a los recién llegados y permaneció -consciente de su encantadora imagen- aguardándoles al final de la terraza, cerca de la corta avenida por la cual ellos se acercaban.
– Si venís a ver a mi tío, llegáis en un momento poco oportuno -les dijo algo nerviosa-. Está reunido a puertas cerradas. ¡Oh, está muy ocupado!
– Esperaremos, señorita -dijo Vilmorin inclinándose galantemente sobre la mano que ella le ofrecía-. ¿Quién no esperaría con gusto al tío pudiendo estar un momento con la sobrina?
