Aline había pasado dos años en el ambiente de la corte de Versalles, junto a su tío Étienne, y, por tanto, tenía ideas muy distintas a las de su tío Quintín acerca de lo que convenía a la dignidad señorial. A pesar de que esta única hija de un tercer Kercadiou, salida del orfanato a la edad de cuatro años, había ejercido un tiránico dominio sobre el señor de Gavrillac, quien hacía las veces de padre y de madre, jamás logró convencerle para que renunciara a aquella vida sencilla.

La joven, cuyo rasgo dominante de carácter era la persistencia, seguía luchando asidua e inútilmente desde que regresó del gran mundo de Versalles, unos tres meses atrás.

Aline estaba paseando por la terraza cuando llegaron André-Louis y Philippe de Vilmorin. Para protegerse del aire frío, envolvía su esbelto cuerpo en un abrigo de piel blanca e iba tocada con una cofia, también blanca, que apenas sujetaba sus rubios rizos. El aire frío avivaba sus mejillas y parecía añadir un destello a sus ojos, que eran de un azul obscuro.

La doncella conocía a André-Louis y a Philippe de Vilmorin desde la infancia. Los tres habían jugado juntos, y André-Louis -gracias al parentesco espiritual que le unía a su tío- la llamaba «prima». Estas relaciones, casi de familia, habían continuado entre ella y André-Louis mucho después de que Philippe, al crecer, se alejara de la intimidad infantil para convertirse, a los ojos de Aline, en el señor de Vilmorin.

La muchacha saludó con la mano a los recién llegados y permaneció -consciente de su encantadora imagen- aguardándoles al final de la terraza, cerca de la corta avenida por la cual ellos se acercaban.

– Si venís a ver a mi tío, llegáis en un momento poco oportuno -les dijo algo nerviosa-. Está reunido a puertas cerradas. ¡Oh, está muy ocupado!

– Esperaremos, señorita -dijo Vilmorin inclinándose galantemente sobre la mano que ella le ofrecía-. ¿Quién no esperaría con gusto al tío pudiendo estar un momento con la sobrina?



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