
– Señor abate -dijo ella con sorna-, cuando hayáis recibido las órdenes, os tomaré como confesor. Sois tan perspicaz como comprensivo.
– Pero ninguna curiosidad -dijo André-Louis-. No has pensado en eso.
– No logro entender lo que quieres decir, primo André.
– No te preocupes, pues nadie lo entiende -sonrió Philippe y entonces vio un vehículo detenido ante la puerta del castillo. Era uno de esos carruajes que solían verse en las grandes ciudades, pero rara vez en el campo: una espléndida carroza de nogal, con dos caballos y escenas pastoriles exquisitamente pintadas en los paneles de las portezuelas. Tenía capacidad para llevar a dos personas, además del pescante para el cochero, y detrás, un estribo para el lacayo. Pero ahora el estribo estaba vacío, pues el lacayo se paseaba por delante de la puerta luciendo la resplandeciente librea azul y oro del marqués de La Tour d'Azyr.
– ¿Cómo? -exclamó Philippe-. ¿Es el marqués de La Tour d'Azyr quien está con tu tío?
– En efecto -contestó la joven poniendo cierto misterio en su voz y en su mirada, en lo cual Philippe de Vilmorin no reparó.
– ¡Oh, perdón! Servidor de usted -dijo Philippe inclinándose ante ella y, sin más ni más, se encaminó hacia el castillo.
– ¿Quieres que te acompañe, Philippe? -le preguntó André-Louis.
– No sería galante presumir que lo prefieras -dijo Vilmorin mirando a Aline-. Ni creo que sirva para nada; si quieres, puedes esperarme…
Philippe de Vilmorin se alejó a toda prisa. Tras un momento de sorpresa, Aline se echó a reír de un modo encantador:
– ¿Adonde va con tanta prisa? -preguntó.
– A ver al señor de La Tour d'Azyr y también a tu tío.
– Pero no puede hacer eso. No pueden recibirle. ¿No le dije que estaban muy ocupados? Y tú, André, ¿no me preguntas por qué están tan ocupados?
La joven pronunció estas palabras con un redoblado misterio que traslucía alegría o burla, o quizás ambas cosas a la vez. André-Louis no pudo adivinarlo.
