
– Ya que es obvio que ardes en deseos de contármelo, ¿para qué te lo voy a preguntar? -dijo.
– Si empiezas con tus ironías, no te lo diré aunque me lo preguntes. ¡Oh, no! Te enseñaré a tratarme con el debido respeto.
– Espero no faltarte jamás el respeto.
– Y mucho menos cuando sepas que la visita del señor de La Tour d'Azyr tiene relación conmigo. Yo soy el objeto de esa visita -concluyó mirando al joven con ojos brillantes y unos risueños labios entreabiertos.
– Según veo, a ti te parece obvio lo que eso implica… Pero debo confesarte que para mí no es tan obvio.
– ¡Serás tonto! Ha venido a pedir mi mano.
– ¡Dios mío! -exclamó André-Louis mirándola fijamente, desconcertado.
Ella frunció el ceño y dio un paso atrás alzando la barbilla:
– ¿Te sorprende?
– Me disgusta -replicó él-. De hecho, no lo creo; te estás burlando de mí.
Para sacarlo de dudas, ella dijo:
– Estoy hablando en serio. Esta mañana mi tío recibió una carta oficial del señor de La Tour d'Azyr anunciándole que venía con ese propósito. No te negaré que eso nos sorprendió un poco…
– ¡Oh, ya veo! -exclamó André-Louis aliviado-. Comprendo. Por un momento, casi temí…
Se interrumpió, miró a la joven y se encogió de hombros.
– ¿Por qué te quedas callado? ¿Temiste acaso que mi estancia en Versalles no me hubiese servido de nada? ¿Crees que iba a permitir que me cortejaran como a una cualquiera? Pues fuiste un tonto. Conmigo hay que hacerlo de la forma adecuada; contando en primer lugar con mi tío.
– Entonces, según las costumbres de Versalles, ¿su consentimiento es lo más importante?
– ¿Y qué otra cosa pudiera serlo?
– Tu consentimiento, por ejemplo.
Ella se echó a reír.
– Yo soy una sobrina muy sumisa… cuando me conviene.
– ¿Y te convendría ser sumisa si tu tío aceptase esa monstruosa proposición?
