Philippe se impacientaba.

– Por lo menos admitirás -arguyó- que no podemos estar peor gobernados.

– Ése no es el problema. El problema es saber si estaremos mejor gobernados sustituyendo la actual clase gobernante por otra. Sin ninguna garantía, no pienso mover un dedo para que nada cambie. ¿Y qué garantía podéis dar? ¿Cuál es la clase que tomará el poder? Yo te lo diré: la burguesía.

– ¿Qué?

– Te sorprende, ¿eh? La verdad suele ser desconcertante. ¿No habías pensado en eso? Pues bien, ahora puedes meditar en el asunto. Examina bien el manifiesto de Nantes. ¿Quiénes son sus autores?

– Yo puedo decirte quiénes obligaron al municipio de Nantes a enviárselo al rey. Fueron unos diez mil obreros: tejedores, carpinteros de ribera y artesanos de todos los oficios.

– Sí, pero estimulados, forzados por sus amos, los ricos comerciantes y armadores de esa ciudad -replicó André-Louis-. Tengo la costumbre de observar las cosas de cerca, y por ello nuestros compañeros no me soportan en los debates del Casino Literario. Yo profundizo, mientras que ellos se quedan en la superficie. Detrás de los obreros y artesanos de Nantes, aconsejándolos, apremiando a esos pobres, estúpidos e ignorantes trabajadores para que derramen su sangre en pos del fantasma de la libertad, están los fabricantes de velamen, los de tejidos, los armadores y hasta los traficantes de esclavos. ¡Los negreros! ¡Los mismos hombres que viven y se enriquecen traficando con sangre y carne humana en las colonias, dirigen aquí una campaña en nombre del sagrado nombre de la libertad! ¿No ves que todo esto es un movimiento de mercaderes y traficantes, envidiosos de un poder que sólo se deriva del nacimiento? Los bolsistas de París, que poseen los títulos de la Deuda nacional, viendo la ruinosa situación financiera del Estado, tiemblan ante la idea de que pueda residir en un solo hombre el poder de cancelar la deuda declarando la bancarrota.



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