
Keely se giró hacia el círculo de piedra. Estaba señalado en el mapa de carreteras y, aunque estaba ansiosa por llegar a la pequeña ciudad en la que había vivido su madre, había decidido dar un pequeño rodeo.
Había seguido un camino estrecho, desviación de la autopista, conduciendo el coche que había alquilado entre setos fucsia y grandes murallas de coníferas. Y cuando el cielo había reaparecido, se había encontrado en otro lugar maravilloso, un prado vasto sobre el mar, en el que las vacas pacían tranquilamente. Cerca del borde del acantilado se alzaba un círculo de piedra bajo los rayos silenciosos del sol, un monumento a la historia pagana de Irlanda.
En Nueva York apenas prestaba atención a los alrededores, a los árboles escuálidos, los pequeños jardines de césped pisoteado, los edificios de ladrillo que flanqueaban la calle de East Village, donde vivía. Pero ahí, la naturaleza era tan hermosa que era imposible no admirar su belleza. Echó un último vistazo, tratando de almacenar cada detalle, cada olor y cada sonido, antes de volver al coche.
No había planeado ir a Irlanda. Estaba en Londres, dando un seminario con un famoso repostero francés, enseñando nuevas técnicas para modelar el mazapán. Desde que se había hecho cargo de la pastelería de Anya y su madre, se había convertido en una de las diseñadoras de tartas más reconocidas de la Costa Este, gracias a la originalidad y variedad de presentaciones.
Trabajaba tanto que nunca encontraba el momento de tomarse unas vacaciones, de modo que había decidido reservarse unos días para unas vacaciones de trabajo. Entre un seminario y otro, había visto algunos musicales en la Costa Oeste, había buscado moldes de repostería antiguos en el mercado de Portobello y había visitado todos los lugares turísticos de interés.
Pero un impulso la había hecho alejarse del tumulto de la ciudad, montarse en un tren que, atravesando Inglaterra y Gales, la había llevado hasta un ferry que había terminado atracando en la ciudad de Rossiare. El día anterior, desde la cubierta del ferry, había visto Irlanda por primera vez y, desde ese momento, había notado algo en lo más profundo de su ser, como si de pronto hubiese descubierto una faceta de sí misma que había estado oculta hasta entonces.
