Fiona le dio un beso en la mejilla. Luego le apagó la lámpara de la mesilla.

– Que duermas bien -le dijo y, entre las sombras, a Keely le pareció advertir una lágrima escurriendo por la mejilla de su madre.

Esta salió de la habitación y le cerró la puerta. La luz de una farola se filtraba por la ventana.

– Contaba historias -murmuró Keely-. Mi padre sabía contar historias.

Y aunque solo era un trocito de información sobre Seamus McClain, de momento se conformaba. Porque le permitía comprender un poco mejor cómo era ella misma. Quizá no estaba destinada a ser la niña buena que su madre esperaba. Quizá se parecía más a su padre, un hombre atrevido, aventurero, soñador y valiente.

Keely suspiró. A pesar de todo, en el fondo de su corazón sabía que, fuese quien fuese, su padre no la felicitaría por haber robado el pintalabios de la droguería de Eiler. Antes de dormirse, Keely se juró que lo devolvería a la mañana siguiente.

Capítulo 1

Un golpe de viento azotó la cara de Keely McClain. Estaba de pie, aspirando el aire impregnado de sal. A sus pies, el mar rompía contra las rocas escarpadas del acantilado. Arriba, las nubes se deslizaban por el cielo, proyectando sombras sobre las colinas. Keely recordó el cuento de hadas que había garabateado de pequeña en su diario, la romántica fantasía de cómo se habían conocido sus padres durante una tormenta en el mar.

Levantó la barbilla hacia la brisa y se dejó envolver por el hechizo misterioso de Irlanda. Una y otra vez, había tenido la sensación de pertenecer a aquel lugar en el que nunca había estado. Esas tierras habían visto crecer a su madre y a su padre. Tierras verdes y frescas, embellecidas por una luz sobrenatural que dotaba a cualquier paisaje de un aire mágico. Casi podía creer en los duendes, gnomos, trasgos y demás seres fabulosos que poblaban la isla.



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