– Mierda, mierda, mierda -repitió mientras se desvestía y colgaba el uniforme escolar con el cuidado que su madre le exigía. Luego se puso un camisón de franela y se metió en la cama. Cuando se dio cuenta de que no se había lavado los dientes, abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó un tubo de dentífrico que tenía escondido dentro. Se puso una pizca en la lengua e hizo una mueca de asco.

Siempre le funcionaba ese truco, salvo que su madre comprobase si el cepillo de dientes estaba húmedo. No era más que un gesto pequeño de rebeldía, pero Keely pensaba que sus dientes eran de ella y si quería que se le pusieran negros y se le cayeran a los veinte años, era decisión de ella y de nadie más.

Se incorporó en la cama y dobló el colchón para sacar su diario. La hermana Therese había pedido a sus alumnas que llevaran un diario para perfeccionar su redacción y el estilo escribiendo. Desde las primeras anotaciones hacía dos años, Keely no había dejado de escribir una sola noche.

Al principio había sido una especie de diario nada más, como una agenda, y cuando tenía algo verdaderamente interesante que escribir no podía hacerlo, por miedo a que su madre lo leyera. Así que llenaba el diario de dibujos e historietas, pequeños actos de rebelión. Dibujaba tartas de boda con formas absurdas y las coloreaba. Y pintaba vestidos finos, atrevidos, con vestidos cortos y escotes atrevidos. Y escribía poemas y cuentos románticos y apasionados. Y aunque les ponía otros nombres, cuando Keely leía los cuentos le parecía que eran un presagio de su propio futuro.

A veces, también escribía historias sobre su padre. Su madre nunca hablaba de Seamus McClain y Keely sospechaba que todavía no había superado su muerte. Así que Keely había tenido que inventarles un pasado. Un pasado romántico y maravilloso. Fiona McClain era la más trágica de las heroínas y su pesar era tan grande que ni siquiera podía conservar una foto de Seamus en casa.



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