– Seamus -murmuró al tiempo que escribía el nombre en la esquina de una hoja. Le parecía un nombre exótico. Keely se imaginaba a su padre con pelo oscuro, casi negro como el de ella. Y con ojos claros, entre verdes y dorados, del mismo color que veía en el espejo cada mañana. Se lo figuraba con un uniforme elegante, de botones brillantes y flecos de oro en los hombros. Y su bote pesquero era, en realidad, un barco enorme que atravesaba el océano.

– Una noche, cuando el barco de Seamus se aproximaba al puerto de Nueva York, una tormenta terrible azotó las aguas. Como buen capitán, Seamus ordenó a sus hombres que bajaran las velas para que el viento que soplaba del norte no los empujara contra los acantilados. Seamus permaneció al timón bajo la lluvia, pensando únicamente en la seguridad de los camareros que dormían en los camarotes – escribió Keely con caligrafía ininteligible. Releyó el párrafo y sonrió-. Pero el resplandor de un relámpago iluminó el mar. Seamus vio los restos de otro barco por la proa. ¡Se había estrellado contra los acantilados! En medio de la lluvia y la oscuridad, le llegó un grito suave de auxilio: «¡socorro!, ¡ayuda!». Seamus le entregó el timón al segundo de a bordo y corrió hacia la proa. Allí, debatiéndose en el agua, una mujer se aferraba a un trozo de madera del barco naufragado. «Tranquila», le dijo Seamus mientras se quitaba la chaqueta y la camisa de lino. Entonces se lanzó al agua helada y nadó hacia la chica… «¿Cómo te llamas?», le preguntó, retirándole el pelo de los ojos. «Soy la princesa Fiona», contestó la chica. «Y si me salvas, prometo casarme contigo y quererte…

– ¿Estás en la cama, Keely McClain? El grito la arrancó de su mundo de fantasías. Keely dio un respingo sobresaltada.

– Sí, mamá -respondió antes de continuar la historia-. Las olas se encresparon, pero Seamus no permitió que Fiona se ahogara. Nada más verla, supo que se había enamorado de ella. Su tripulación bajó una escalera por un lateral, pero el barco sufrió una sacudida y…



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