
– ¿Te has lavado los dientes? -preguntó su madre y Keely suspiró teatralmente.
– ¡Por Dios del Cielo…! -Keely se paró a tiempo. Decir el nombre de Dios en vano podía costarle un rosario entero-. ¡Ahora voy! – contestó a gritos.
Retiró la colcha, salió de la cama y bajó corriendo al cuarto de baño. Se cepilló veinticinco veces de arriba abajo por los lados y treinta por delante.
Después de escupir y quitarse de la boca el sabor del dentífrico, Keely sonrió.
– Y mientras Seamus subía por la escalera a su flamante novia, la lluvia paró de pronto y la luna brilló entre las nubes. Bajo el cielo estrellado, Seamus se agachó y besó a Fiona, sellando su amor eterno y para siempre.
– Son casi las diez. Deberías estar en la cama.
Keely miró hacia el espejo y vio el reflejo de su madre, de pie a la entrada del baño. Llevaba un trapo de cocina en una mano y se estaba secando los dedos. Aunque tenía el pelo recogido en un moño tan sencillo como el vestido de casa que llevaba, a Keely seguía pareciéndole la princesa de sus fantasías, con esos ojos verdes brillantes y sus trenzas de color caoba.
– Lo siento, mamá.
Fiona McClain suspiró, luego entró en el baño. Estiró un brazo y acarició el pelo de Keely al tiempo que miraba el reflejo del espejo por encima del hombro de su hija.
– Te estás convirtiendo en una mujercita. Casi no te reconozco -Fiona le pasó un dedo por el flequillo-. Tenemos que cortarte este flequillo. Se te mete en los ojos. No puedes ir al colegio como un perrillo desgreñado.
Le gustaba el acento de su madre. Sonaba como las bellas baladas de amor irlandesas que Fiona ponía sin parar en el radiocasete. Keely había tratado de imitarla muchas veces, pero no lo conseguía.
